Si desde que eres madre sientes que no te reconoces, que la mujer que eras parece haberse ido y que nadie entiende exactamente lo que te está pasando — esto te interesa.
Lo que estás viviendo tiene nombre. Se llama matrescencia. Y el hecho de que probablemente no lo hayas oído nunca es exactamente parte del problema.
Qué es la matrescencia
La matrescencia es la transformación psicológica, neurológica, relacional e identitaria que ocurre en la mujer cuando se convierte en madre. El término fue acuñado en los años 70 por la antropóloga Dana Raphael y recuperado en los últimos años por investigadoras como Aurelie Athan y Alexandra Sacks, quien lo popularizó con un artículo en The New York Times que se hizo viral porque miles de madres reconocieron en esas palabras algo que llevaban tiempo sintiendo sin poder nombrarlo.
Matrescencia viene de la unión de madre y adolescencia. La elección no es casual. La adolescencia es una etapa de transformación de identidad tan profunda que cambia cómo una persona se percibe, cómo se relaciona y cómo funciona en el mundo. La matrescencia es exactamente eso — pero en la maternidad.
No es una metáfora. Hay estudios de neuroimagen — el más citado publicado en Nature Neuroscience en 2017 por Elseline Hoekzema y su equipo — que documentan cambios estructurales reales en el cerebro de las madres primerizas. Cambios que persisten al menos dos años después del parto. Es decir: convertirse en madre transforma literalmente el cerebro.
Y aun así, el sistema médico te da el alta cuando nace el bebé y desaparece. Las redes enseñan una maternidad filtrada. Y tú te quedas pensando que lo que te pasa es un defecto tuyo.
No lo es.
Por qué la matrescencia pasa desapercibida — y por qué eso tiene un coste real
La adolescencia tiene un nombre, una narrativa cultural y una red de soporte. Hay libros, hay profesionales especializados, hay un reconocimiento social de que es una etapa difícil.
La matrescencia no tiene nada de eso.
La madre que se convierte en madre — especialmente en primera infancia, con hijos de cero a seis años — atraviesa uno de los procesos de transformación más profundos de su vida sin que nadie le haya contado que eso iba a pasar. Ni en el embarazo, ni en el parto, ni en el posparto.
Lo que sí le cuentan es que va a estar cansada. Que va a necesitar organizarse. Que tiene que cuidar al bebé, recuperar el cuerpo, volver al trabajo, mantener la relación de pareja y seguir siendo ella.
Lo que no le cuentan es que puede sentir que ya no sabe muy bien quién es. Que puede mirar a su bebé con un amor enorme y al mismo tiempo sentir que algo en ella ha desaparecido. Que puede echar de menos su vida anterior sin por eso estar fallando como madre.
Cuando eso ocurre y no tiene nombre, la madre concluye que el problema es ella. Que no está haciéndolo bien. Que es demasiado frágil. Que las demás pueden y ella no.
Esa interpretación — la de que el problema es ella — es lo que tiene un coste real. Porque cuando crees que el problema eres tú, te exiges más. Te culpas más. Y el agotamiento se convierte en algo que tienes que aguantar en silencio.
Cómo se siente la matrescencia por dentro
No hay una única forma de vivirla. Pero hay experiencias que se repiten con mucha frecuencia entre las madres que pasan por este proceso:
| Sentir que ya no te reconoces — que la mujer que eras antes de ser madre parece haberse ido. Echar de menos tu vida anterior sin saber muy bien cómo decirlo sin que parezca que echas de menos no tener hijos. Funcionar bien por fuera — llevar al niño a la guardería, contestar los mails, poner las lavadoras — y al mismo tiempo sentir por dentro que estás funcionando en piloto automático. Notar que te irritas más, que reaccionas diferente, que hay días en los que no reconoces tus propias respuestas emocionales. Tener la sensación de que te has ido dejando atrás poco a poco — que cada vez queda menos espacio para ti dentro de tu propia vida. Sentir que el problema eres tú, que las demás lo llevan mejor, que algo en ti no está funcionando bien. |
Si te reconoces en alguna de estas experiencias — o en todas — lo que estás viviendo no es una crisis personal. Es una transición real que tiene nombre, que tiene base científica y que no tiene nada que ver con si eres buena o mala madre.
Matrescencia y pérdida de identidad: por qué te sientes así
Una de las experiencias más comunes — y más silenciadas — de la matrescencia es la sensación de haber perdido la identidad. No de forma dramática, no de golpe. Sino de una manera gradual que muchas madres no saben cómo describir.
Desde un punto de vista psicológico, lo que ocurre es que la maternidad activa una reorganización de la identidad. El rol de madre es tan absorbente, tiene tanto peso emocional y social, exige tanta disponibilidad, que puede eclipsar todo lo demás. La mujer que tenía proyectos, relaciones, hobbies, tiempos propios va cediendo espacio — a menudo sin darse cuenta — hasta que un día se mira y ya no sabe muy bien quién es más allá del rol.
Esto no significa que hayas dejado de ser tú. Significa que estás en medio de una de las transformaciones de identidad más profundas que existen. Y que esa transformación necesita reconocimiento, espacio y acompañamiento — no más exigencia ni más silencio.
Cuánto dura la matrescencia
No hay un tiempo estándar. La investigación de Hoekzema documentó cambios cerebrales que persisten al menos dos años en madres primerizas. Pero la experiencia de la matrescencia no se mide en tiempo — se mide en proceso.
Hay madres que sienten que en el primer año el proceso es muy intenso y luego se estabiliza. Hay otras en las que la sensación de pérdida de identidad no emerge hasta meses después del parto — cuando el caos inicial se asienta y hay más espacio para percibirse. Y hay madres que siguen en plena matrescencia cuando su bebé ya no es bebé.
Lo importante no es cuánto dura. Lo importante es no atravesarla sola ni en silencio.
Qué puedes hacer cuando estás en plena matrescencia
Lo primero — y lo más importante — es darle nombre. Que lo que estás viviendo tenga un nombre cambia algo. Cambia la interpretación. Ya no es ‘hay algo mal en mí’. Es ‘estoy en medio de una transición real y profunda’.
A partir de ahí, hay cosas concretas que ayudan:
Reconocer lo que estás viviendo sin minimizarlo ni dramatizarlo. Estás en un proceso real. No tienes que superar esto a fuerza de voluntad.
Hacer espacio para la ambivalencia. Puedes amar profundamente a tus hijos y al mismo tiempo echar de menos quien eras antes. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. No son contradictorias.
Buscar acompañamiento. La matrescencia no es algo que se resuelva leyendo más o entendiéndolo mejor racionalmente. Es algo que se trabaja — con tiempo, con herramientas concretas y con otras personas que entienden de qué va.
No hacer este camino sola. Una de las experiencias que más alivian en la matrescencia es descubrir que lo que estás viviendo lo están viviendo muchas otras madres. Que no estás exagerando. Que no eres la única.
La matrescencia como punto de partida, no como destino
La matrescencia no es una condena. Es una transición. Y las transiciones, cuando se atraviesan con acompañamiento y con las herramientas adecuadas, pueden convertirse en un punto de inflexión real.
Muchas madres que han trabajado su matrescencia describen algo parecido: no han vuelto a ser quien eran antes. Han llegado a una versión diferente — una que integra a la madre y a la mujer, que tiene más claridad sobre lo que importa, que se relaciona de otra manera consigo misma.
Eso no ocurre solo. Ocurre cuando hay un proceso real detrás.
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